Esta mañana todavía era un archivo en mi ordenador.
Lo había visto tantas veces que casi había dejado de verlo: el fondo negro, las letras, el título, el código QR que llevaba hasta Universo NYA.
Lo habíamos diseñado, corregido, cambiado, vuelto a mirar.
Pero seguía siendo eso.
Una imagen dentro de una pantalla.
Esta tarde fui a recoger los primeros carteles impresos y ocurrió una de esas cosas pequeñas que, cuando estás construyendo algo desde cero, no tienen nada de pequeñas.
Por primera vez tuve el cartel de mi libro entre las manos.
Papel.
Tinta.
Algo que podía tocar.
Me hizo muchísima ilusión verlo convertido en un objeto real porque, de alguna manera, sentí que también el proyecto estaba cruzando otra frontera.
Hasta ahora Universo NYA había vivido fundamentalmente en lugares digitales. En conversaciones. En documentos. En una web. En redes sociales. En un código QR.
Hoy salió de la pantalla.
Cogí algunos carteles y empecé a caminar por Palafrugell preguntando algo que hace apenas unos meses jamás habría imaginado que preguntaría:
—He escrito un libro. ¿Os importaría que dejara aquí un cartel?
Y dijeron que sí.
Esta tarde quedaron colocados los tres primeros.
En Palemar.
Y en Blue Butterfly.
Tres establecimientos de Palafrugell que hoy han cedido un pequeño pedazo de su espacio para algo que acaba de empezar.
Y quiero dejar sus nombres escritos aquí porque quizás algún día mire hacia atrás y haya olvidado muchas cosas de este comienzo.
Pero no quiero olvidar esto.
Ellos fueron los primeros.
Los primeros lugares que permitieron que A través de mí estuviera ahí, delante de personas que no necesariamente me conocen, esperando a que alguien levante la mirada, sienta curiosidad y acerque el teléfono a ese pequeño cuadrado blanco y negro.
No sé quién será la primera persona que llegue a Universo NYA desde uno de esos carteles.
Quizá nunca llegue a saberlo.
Pero esta tarde, mientras veía el tercero pegado en el escaparate de una peluquería, entendí que ya daba igual.
Porque durante mucho tiempo este proyecto solo existió en mi cabeza y en una pantalla.
Después se convirtió en un libro.
Luego tuvo una casa.
Y hoy, por primera vez, salió a la calle.
Gracias, Palemar, Tips Masía Urbana y Blue Butterfly, por prestarle los primeros rincones del mundo real.
Nunca olvidaré que fueron los primeros en abrirle un pequeño espacio.