Hoy volví a mi pueblo con cincuenta carteles bajo el brazo.
Durante muchos años dije que odiaba este lugar.
Aquí quedaron demasiadas cosas que durante mucho tiempo no supe dónde poner. La infancia. El rechazo. El acoso. Una relación que empezó demasiado pronto y duró demasiado. Calles enteras impregnadas de recuerdos que hacían que volver se pareciera más a regresar a quien había sido que a llegar a ningún sitio.
Por eso me fui.
Y durante mucho tiempo tampoco sentí orgullo al decir que era de aquí.
Hoy ha sido diferente.
He venido a recoger los primeros carteles de A través de mí. Y mientras pensaba en entrar en una peluquería, en un bar, en una tienda, en cualquier lugar conocido y preguntar si podía dejar uno, me he dado cuenta de algo extraño.
No quería esconderme.
Quería que se supiera que era mío.
Que ese libro lo había escrito yo.
Que había nacido aquí una escritora.
Y por primera vez en muchos años he caminado por mi pueblo sintiendo algo que no reconocía.
Orgullo.
No orgullo por lo que este lugar hizo conmigo.
Ni porque de repente los recuerdos hayan cambiado.
Sino porque yo sí he cambiado el lugar desde el que regreso a ellos.
Las calles son las mismas.
La historia también.
Pero hoy no he vuelto llevando únicamente las huellas que este pueblo dejó en mí.
He vuelto llevando algo que hice con ellas.
Un libro.
Una voz.
Mi nombre escrito debajo.
Y quizá volver no sea reconciliarse con el lugar del que un día quisiste escapar.
Quizá sea poder caminar otra vez por sus calles sin sentir que todavía perteneces a la persona que sufrió allí.
Hoy, después de muchos años, he pisado mi pueblo orgullosa.
No de lo que mi pueblo hizo conmigo.
Sino de lo que yo hice con todo lo que pasó allí.