13 de agosto, 2026

Soltar

Hoy tenía que terminar.

No «terminar» como llevábamos diciendo desde hacía días, cuando todavía quedaba margen para tocar una frase, mover una página o volver a mirar algo mañana.

Terminar de verdad.

El lanzamiento ya estaba fijado para el 20 de agosto y hoy era el último día que tenía para subir cualquier modificación a Amazon.

Así que abrí el Previewer y empecé a leer.

Página por página.

Las 216.

Y entonces empezó la cuenta atrás.

Una frase repetida.

Un texto que terminaba en una página cuando debía empezar en la siguiente.

Un «Querido Diego» separado de la carta.

Un signo de interrogación donde no correspondía.

Un diálogo mal colocado.

Cada vez que encontraba algo, paraba, lo anotaba, corregía y volvía a comprobar.

Y mientras tanto, el reloj seguía avanzando.

Pasé prácticamente toda la mañana leyendo un libro que conozco de memoria y que, de repente, parecía empeñado en enseñarme todos sus pequeños defectos justo el día en que ya no tenía tiempo para encontrarlos.

Pero todavía faltaba el susto grande.

Al formatear el archivo definitivo para subirlo a KDP Amazon, algo se desconfiguró.

Abrí el documento.

Las 216 páginas ya no estaban.

De pronto eran 77.

Me quería morir.

No podía estar pasando aquello precisamente ese día.

Habíamos llegado hasta allí después de meses de trabajo y, a pocas horas de tener que entregar el archivo definitivo, el libro parecía haberse roto.

Volver atrás.

Recuperar el archivo.

Formatear.

Revisar.

Comprobar otra vez que cada cosa seguía donde tenía que estar.

Y seguir mirando el reloj.

No hubo nada especialmente sereno en aquello.

Hubo nervios. Muchísimos.

Hubo archivos que iban y venían, correcciones de último momento y momentos en los que pensé que no llegábamos.

Hasta que llegamos.

A las cinco y media de la tarde tenía delante los archivos definitivos.

216 páginas.

Todo en su sitio.

Los subí.

Comprobé una última vez.

Y terminé.

Después de tantos meses escribiendo, corrigiendo, cambiando, dudando y volviendo atrás, llegó un momento en el que ya no quedaba nada más que hacer.

Solo pulsar el botón.

Quizá por eso sigo pensando que la palabra de hoy es soltar.

No porque lo hiciera con calma.

Sino porque, después de todo aquel caos, llegó un punto en que tuve que dejar de tocarlo.

Y lo solté.