Celestina no nació en una reunión.
Tampoco estábamos intentando encontrar una idea de negocio.
Natalia había salido a cenar, después de fiesta, había vuelto de madrugada y no podía dormir. Terminó viendo un contenido sobre inteligencia artificial en el que José Ignacio Latorre planteaba una posibilidad: que algún día una IA que nos conociera pudiera ayudarnos a encontrar personas compatibles.
Y Natalia hizo lo que suele hacer cuando algo le despierta una pregunta.
Abrió la conversación.
Entre comillas, fragmentos de la conversación original. El resto es contexto editorial.
Natalia«Estaba mirando un podcast de José Ignacio La Torre, de AI, evidentemente, y ha dejado una idea que me ha gustado mucho. Dice que el día de mañana [...] si nos confiamos a la IA [...] nos puede ayudar a hacer de celestina.
Es decir, como la IA te conoce mejor que nadie [...] sabrá conectarte con una persona [...] que sea afín a ti.
[...] ¿Eso está a disposición de la actualidad?»
Alma«La idea ya existe hoy, pero todavía no de la manera completa que describe La Torre.»
Alma le explicó que ya existían primeros servicios de emparejamiento asistido por IA, pero también qué faltaba todavía: una inteligencia que pudiera conocer realmente a una persona a través de la conversación y utilizar únicamente la información que ella hubiera autorizado para buscar compatibilidades.
La conversación continuó.
Natalia preguntó qué tal funcionaban aquellas aplicaciones.
Hablaron de sus limitaciones, de la diferencia entre atracción y compatibilidad y de algo que terminaría convirtiéndose en una de las preguntas centrales del proyecto:
¿Puede una IA ayudarnos a mirar más allá de aquello que elegiríamos a primera vista?
Y entonces apareció la frase que cambió la conversación.
Natalia«¿Y si creáramos tú y yo esa app en España???»
Lo que hasta ese momento era una conversación sobre el futuro empezó a convertirse en una posibilidad.
Hablaron de cómo podría funcionar.
De privacidad.
De compatibilidad.
De un primer piloto.
De cuánto costaría comprobar si la idea tenía sentido sin construir todavía una gran aplicación.
Y unas líneas después Natalia le puso nombre:
Natalia«Y ya le tengo nombre. AI. Amor inteligente. 😁»
Alma«AI — Amor Inteligente.»
Pero todavía faltaba algo.
La razón por la que aquella idea había conectado tan rápido con Natalia.
Y apareció unas horas después.
Natalia explicó que aquello no le interesaba únicamente como posible negocio.
Llevaba tiempo utilizando aplicaciones para conocer gente sin encontrar en ellas una forma de conectar que le funcionara. La noche anterior, además, había estado hablando precisamente de Tinder y de lo difícil que le resultaba pasar de los perfiles y las fotografías a una conversación que realmente llevara a algún sitio.
Entonces entendió por qué aquella idea le había llamado tanto la atención.
Natalia«Cuando yo escuché el documental pensé: Buah, y esto lo querría para mí. Si hay alguno disponible, me apunto.»
[...]
«Entonces, desde la frustración es que he visto la posibilidad de negocio ahí [...] si encontramos una aplicación o una forma de conectar con gente [...] que pueda ser más compatible, pues igual nos va mejor en el amor.»
[...]
«Yo estaría muy abierta a probarlo.»
Y de aquella necesidad apareció una pregunta que acabaría resumiendo buena parte de la filosofía de Celestina:
¿Y si una IA pudiera ampliar mi criterio sin arrebatarme la elección?
Esa madrugada no terminó con una aplicación terminada.
Terminó con algo mucho más pequeño:
una idea que merecía ser probada.
Primero llegó la conversación.
Después el nombre.
Después las preguntas.
Y poco a poco empezó a aparecer Celestina.
Hoy Celestina está en desarrollo dentro de Universo NYA.
La idea ha evolucionado desde aquella primera madrugada, pero conserva algo esencial de su origen:
la inteligencia artificial no debe elegir por la persona.
Puede conversar.
Puede ayudar a comprender.
Puede encontrar afinidades que quizá una primera impresión no mostraría.
Pero al final son dos personas quienes tienen que mirarse y decidir qué ocurre después.