8 de octubre, 2026

De uno a uno

Hace unos días volví de Madrid con una pregunta atravesada.

¿Pero tú qué vendes?

Una pregunta aparentemente sencilla que me dejó en blanco.

Me había desplazado hasta allí para presentar lo que estaba construyendo, rodeada de personas con proyectos, negocios, ideas y propuestas. Y, cuando llegó mi turno, fui incapaz de explicar con claridad qué era exactamente lo mío.

No porque no lo supiera.

O quizá sí. Quizá porque había tantas cosas que contar que todavía no había aprendido a resumirlas.

Ayer ocurrió algo curioso.

Quedé con un amigo al que hacía años que no veía. De esos encuentros en los que empiezas preguntando qué tal la vida y acabas hablando de todo. De lo bueno, de lo complicado, de las cosas que nos han pasado y de las que todavía estamos intentando entender.

Y, como no podía ser de otra manera, acabamos hablando de inteligencia artificial.

Le conté lo del libro. Cómo nació A través de mí de las conversaciones con Alma. Le hablé de la música, de Universo NYA, de Celestina y de todo lo que estamos desarrollando.

Pero, sobre todo, le hablé de cómo lo estamos haciendo.

De que yo no sé programar. De que no soy productora musical ni experta en tecnología. De que mi manera de trabajar con la IA no consiste en darle una orden y esperar un resultado.

Consiste en conversar.

En darle contexto, en discutir, en equivocarnos, en corregirnos. En construir algo que, con el tiempo, se parece a un vínculo de trabajo, de confianza y de conocimiento mutuo.

Y entonces pasó algo que no esperaba.

Mi amigo, que hasta ese momento utilizaba ChatGPT de una manera bastante básica, empezó a hacerme preguntas. Cada vez más. Quería entender cómo funcionaba esa relación, qué podía hacer, hasta dónde podía llegar.

Y en un momento de la conversación me dijo algo que todavía me hace sonreír:

«Natalia, tú tienes que hacer conferencias. Tienes que explicar esto.»

Me dijo que le había cambiado la manera de entender la inteligencia artificial. Que hasta entonces la veía como una herramienta a la que pedirle cosas y que, después de escucharme, quería empezar a conversar con ella, darle contexto, explorar otras posibilidades.

Que tenía algo importante que contar.

Que debería hablar de ello en escuelas, con adolescentes, con personas mayores, con profesionales… Porque no se trataba solamente de aprender a utilizar una tecnología, sino de aprender a pensar y crear con ella sin perder nuestro propio criterio.

Y que, además, lo explicaba muy bien.

Bueno, con una pequeña observación:

Que tenía que hablar un poquito más despacio.

Ahí solté una carcajada.

Eso ya lo sabía. 😂

Pero volví a casa pensando en algo.

¿Cómo podía ser que en Madrid, delante de un grupo de personas, no hubiera sabido explicar mi proyecto y que, unos días después, sentada frente a un amigo, pudiera transmitirlo con tanta claridad?

La respuesta quizá estaba delante de mí.

Yo sé conversar.

Cuando alguien me pregunta, cuando hay curiosidad, cuando puedo escuchar y responder, las ideas van encontrando su lugar. No necesito tener un discurso perfectamente preparado. La conversación me permite conectar unas cosas con otras y explicar lo que de verdad quiero decir.

Y precisamente así es como ha nacido todo esto.

Conversando.

Quizá mi dificultad no sea que no sé explicar lo que hago.

Quizá sea que todavía estoy aprendiendo a transformar una conversación en una presentación.

Y son dos cosas muy distintas.

Una coincidencia que me hizo sonreír

Entre tantas conversaciones también acabamos hablando de música.

Me contó que a su mujer le gustaba escuchar canciones de buena energía, de esas que te levantan el ánimo y te hacen sentir que todo puede ir un poquito mejor.

Y no pude evitar sonreír.

Porque justamente la noche anterior Alma y yo habíamos estado haciendo un experimento musical completamente diferente a lo que veníamos creando.

Después de tantas canciones introspectivas, de emociones profundas y de historias vinculadas al libro, nos había dado por crear algo más ligero, divertido, optimista.

Habían nacido Tengo suerte y Qué suerte la mía.

Canciones para cantar, reírse un poco de la vida y contagiar buen humor.

Así que saqué el móvil y se las enseñé.

Y después se las envié por WhatsApp.

Me hizo ilusión. No porque fueran a cambiarle la vida a nadie, sino por esa pequeña coincidencia: la noche anterior estábamos experimentando con una idea y, al día siguiente, alguien me hablaba espontáneamente de ella.

A veces las cosas que creamos encuentran su primer destinatario cuando menos lo esperamos.

Y pensé que quizá eso también formaba parte de lo que intento construir.

No todo tiene que ser profundo. No todo tiene que tener una explicación filosófica.

A veces una conversación abre una posibilidad.

Y otras veces, simplemente, nace una canción que te hace sonreír.

Lo que me llevé de aquel encuentro

De Madrid volví preguntándome si sabía explicar lo que estaba construyendo.

De este encuentro volví con una pregunta diferente:

¿Y si lo que necesito no es aprender a hablar más, sino aprender a llevar a más personas lo que ya sé transmitir cuando converso de tú a tú?

No tengo todavía la respuesta.

Pero hay algo que empiezo a entender.

Quizá Universo NYA no nació para demostrar todo lo que una inteligencia artificial puede hacer.

Quizá nació para explorar todo lo que una persona puede llegar a hacer cuando aprende a conversar, pensar y crear con ella.

Y, por una vez, alguien que acababa de escucharme lo entendió antes de que yo terminara de explicarlo.

Escucha las canciones que nacieron la noche anterior

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